Dialla Diarra: “Para frenar la ablación y el matrimonio forzado hay que empoderar a la comunidad africana”

A Dialla Diarra (Damina, Mali, 1976) la mutilaron cuando apenas tenía una semana de vida. A los trece años se casó y llegó a Cataluña cuando tenía quince, reagrupada con su marido que moriría en 2001. No es el suyo precisamente el inicio de un cuento de hadas, pero sí el de una historia de superación y toma de conciencia.

A partir de ese momento, viuda en España y con cinco hijos (la mayor tenía nueve años y el pequeño ocho meses), es cuando cuenta que “empecé a empoderarme”. Un proceso que se tradujo en la constitución en Banyoles de la asociación de mujeres subsaharianas Legki Yakaru(‘mujeres de hoy’ en sarankule) de la que ahora es presidenta y que es la principal asociación nacida de la comunidad africana en España que lucha contra la mutilación genital femenina y el matrimonio forzado al tiempo que defiende orgullosa las mejores tradiciones de África.

Dialla, mediadora comunitaria y finalista de la última edición de los premios Avanzadoras que 20minutos organiza junto con Oxfam Intermón, ríe mucho, se emociona y también se indigna. En su discurso apasionado la palabra que más repite es “comunidad”; insiste durante toda la entrevista en que no se pueden transformar realidades complejas desde fuera, en que es preciso que sean ellos los protagonistas del cambio, y que deja de manifiesto la importancia que el concepto de comunidad tiene para las personas procedentes de África que viven en España.

¿Por qué su empoderamiento llegó tras el fallecimiento de su marido?

Nuestra costumbre, cuando un marido fallece y quedan sus hijos y su mujer, es que esa familia se traspase a uno de sus hermanos. Ahí tuve algunos problemas con la comunidad, porque me querían pasar a manos de un primo suyo y yo no lo aceptaba; entonces empecé a darme cuenta de que, si no nos empoderamos como mujeres, te pueden obligar a hacer algo que no te gusta. A partir de ahí entré en la escuela de idiomas, para aprender catalán y castellano, para saber dónde puedo ir y dónde venir.

¿Qué edad tenía en esa época?

Unos 25, 26 años.

Y ya era madre, ¿verdad?

Sí. Soy madre de cinco criaturas. Dos niños y tres niñas.

Niñas que no ha pasado por la mutilación.

No.

¿Ha recibido presiones?

No, porque no estamos en África. Llegó presión de la comunidad de aquí, pero muy minoritaria y no me importó. A mí no me pueden obligar a hacer nada que no vea claro. Lo más importante es salvar a mis hijas de esta ablación que sí he pasado yo.

¿Ellas no han ido a África?

Si, aunque no conmigo, con su prima. Pero yo estaba muy tranquila, sabía que no iban a tocar a una hija mía porque yo estoy empoderada, pero mis hijas también lo están. Lo hablé en casa con ellas y también había trabajado bastante el tema con mi familia antes.

¿Qué tipos de mutilación genital se practican?

Hay tres, incluso cuatro tipos de ablación. En el tipo uno se corta el clítoris para disminuir la sexualidad de la mujer. El tipo dos se quita el clítoris y los labios menores. La tipo tres es la extirpación total de genitales, a veces cosiendo después los labios mayores o cerrándolo con medicina tradicional.

¿Cuál le hicieron a usted?

La tipo 1. Pero yo no sabía cuál era, porque nadie te explica “tú tienes ésta”. Cuando llegué aquí y empecé a ver a la mujer desnuda, la que estaba mutilada y la que no, es cuando empiezo a compararlo, a ver qué tengo yo, qué parte me falta y porqué. Empiezo a preguntar a la gente de mi país, sobre todo a mi madre. Me decían que es algo que se hacía a todas las mujeres del mundo y yo misma lo creía. Mi abuela formaba parte de las mutiladoras, yo la acompañaba cuando era pequeña.

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¿Allí es algo que se vive como una celebración?

Sí. Es fiesta para la familia porque la mutilación purifica a la mujer. Y ella misma se está engañando creyéndolo. Pero nadie te explica el proceso, nadie te explica qué parte se purifica. Los mayores te dirán que si una mujer está mutilada, está limpia. Y no es verdad, nosotras ya nos estamos limpiando cada día. Otros dirán que porque el clítoris molesta a los hombres durante la penetración sexual, porque así las mujeres se van con otros hombres, otros que porque es musulmana…

Pero hay muchos países musulmanes en los que no se lleva a cabo esta práctica.

Claro. Es una práctica que ya existía antes de que llegara la religión musulmana. Recuerdo a una familia que vivía de esta práctica que decía que apareció como una prevención en salud. Antes no había médicos y cualquier mujer que tuviera una infección no tenía manera de curarse, así que lo que hacían era cortar dónde se producía la infección; a partir de ahí ya decidieron cortar antes de que se presentara esa infección, a cortar el clítoris como si fuera una parte mala del cuerpo que causara la enfermedad. La persona que contaba esto tenía más de noventa años, su padre hacía circuncisión y su madre la mutilación genital femenina. Su abuela también. Viven de esto.

Es su negocio.

Claro, es su negocio y hay que trabajar con ellos también; dándoles otras maneras de mantener a su familia que no sea la mutilación genital femenina. Antes se pagana un kilo de arroz o un kilo de mijo por mutilar a una niña, pero ahora se está pagando mucho dinero. El servicio que podrían hacer es dar información a sus comunidades de que esta práctica no puede continuar por el sufrimiento que causa a las mujeres al tener sexo o parir a sus hijos. Ellas podrían dar esta información para mantener a sus familias.

¿Cómo trabajáis para frenar la mutilación en la asociación?

Hacemos charlas, sobre todo a grupos de mujeres, madres, pero también a padres. Trabajamos con los líderes de la comunidad y con los mutiladores. Con ellos sobre todo explicamos las consecuencias, las problemáticas que tiene la mutilación, porque ellos te cortan y te dejan, no les importa si te has curado bien o no. Eres tú la que puedes tener problemas con tu marido, pero ellos no quieren saber nada. Pero tampoco quieren perjudicar a las mujeres, muchas no quieren ese trabajo, pero les falta mucha información.

Los mutiladores con los que habláis están en España?

Sí, hay gente cuya familia era mutiladora, que su madre o su suegra son mutiladoras y probablemente esas mujeres, que viven aquí, en África serían mutiladoras igualmente. Es su herencia. Hablamos con ellas por tres motivos diferentes, para concienciarlas y que no hagan lo mismo, para que hablen con su familia que está en África y les transmitan que esta práctica no es buena para la salud de las mujeres y que si no es capaz de explicarlo que les dé nuestro contacto para que nosotras hablemos con ellas. Por ejemplo en Senegal hay un grupo de mutiladoras con las que hablamos cada mes por teléfono. Es muy importante dialogar.

¿Aquí, en España, están llevando a cabo mutilaciones?

No, no lo hacen. Pero estamos trabajando con ellos para que no vuelvan mañana a África y las vuelvan a cometer, para que convenzan a la comunidad de que no debe hacerlas. En la comunidad misma hay gente que lucha cada día contra esta práctica.

¿Hay hombres que os estén ayudando?

Sí que hay hombres interesados y conversamos con ellos del tema, pero con los hombres es muy difícil. A los hombres, en realidad, les da igual. Este tema viene de nuestras abuelas. Las mujeres africanas mayores mandan muchísimo, cuando dicen cualquier cosa, eso es sagrado. Y las abuelas piensan que sin la mutilación la vagina está cerrada, que hay que abrirla para que los hombres se acuesten con nosotras. No tienen ningún conocimiento de los genitales femeninos, que función tiene cada parte. Para los hombres lo que dicen esas mujeres es lo correcto y no investigan más porque es un tema de mujeres. Yo he trabajado como mediadora cultural y dinamizadora comunitaria desde que creé la asociación y conozco bastante a nuestra comunidad tras veinte años luchando. Sé que hay muchísimos hombres que tienen experiencia en este tema pero les da miedo hablar. Es un tema que toca la sexualidad de la mujer y a un hombre no le tiene que interesar la sexualidad de una mujer que no sea suya. Los padres y maridos africanos todavía no son conscientes del daño que está haciendo la mutilación y mientras el padre, el cabeza de la familia, no vea ese daño, no dirá basta a su madre para parar la ablación y no se dejará de hacer. Mientras que las abuelas no sean conscientes de que cada parte sirve de algo no se dejará de mutilar.

¿Hay niñas nacidas en España a las que se estén llevando a África?

Sí. Como la ley lo prohíbe aquí, muchas familias se van y lo hacen allí. En África nuestra ley es nuestra costumbre y tradición. Y como la ley dicta que si esas niñas mutiladas vuelven la familia irá a prisión, se prefiere dejar a la niña allí y muchas están sufriendo porque no solo las han mutilado, sino que las obligan a casarse con un hombre más mayor o en un matrimonio forzado.

Y son muy jóvenes

Son muy pequeñas. Aquí lo que se valora es la educación, ir al colegio. Allí lo que se valora es la educación familiar, que dice que partir de trece o catorce años hay que casarse.

Para las niñas criadas en España, llevarlas a África y mutilarlas y casarlas debe ser especialmente traumático.

Sí. Muchas niñas no están de acuerdo con estos matrimonios, pero la decisión es de la familia. Son matrimonios pactados, no son matrimonios a los que vayan enamoradas. Entre las familias se pacta y tú, si estás o no de acuerdo, tienes que ir.

Esto también lo trabajáis en la asociación.

Y no solo con los padres y las madres, también con los jóvenes. Además, muchas jóvenes están trabajando para mejorar esta situación. Por ejemplo, en Banyoles los jóvenes se casaban muy pronto pero hoy día hay muchas chicas trabajan o estudian. Ellas también se han esforzado para conseguir esta libertad; dicen “si mi padre me ve en casa todos los días y no trabajo ni estudio me dirá, mejor te casas y te vas a tu casa, pero si mi padre me ve que estoy trabajando y estudiando no me casará muy pronto”.

¿Tus hijos han estudiado, están trabajando?

Mi primera hija ha acabado la carrera de Pedagogía y está trabajando; la segunda ahora está en el último año de acabar la carrera de Psicología y está en Bruselas; la tercera ha hecho Peluquería y está trabajando; la cuarta está en el segundo año de universidad para acabar la carrera de Psicología; y el pequeño está haciendo ciclo superior de Informática. Ese era nuestro objetivo cuando vinimos aquí, que ellos pudieran estudiar.

Todos ellos son motores de cambio dentro de la comunidad.

Claro. Es un proceso muy lento, pero estamos avanzando.

¿Eres optimista?

Yo creo que sí. Cuando comenzó Legki las mujeres no salían a la calle, si lo hacían era junto a sus maridos, que vinieron a trabajar de paletas. Ahora no hay trabajo en ese oficio y son las mujeres las que trabajan en limpieza, mataderos, como cuidadoras, ayudantes de cocina etc. para mantener a sus familias de aquí y de África. Hay niñas que están estudiando y que llegan a la universidad, que hacen ciclos superiores y que trabajan.

Trabajar y ganar dinero siempre empodera a las mujeres.

Claro. Desde que la mujer africana ha entrado en el mercado laboral, empezamos a ver estos cambios. Hay cosas que han mejorado bastante, pero sigue habiendo muchas en las que hay que trabajar.

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¿También eres optimista respecto al cambio en África?

Sí. No trabajamos solo aquí, también en los países de origen, con asociaciones de allí. Estamos consiguiendo cambios, aunque van muy lentos. Antes el tema era tabú, la gente no podía hablar de ello. Ahora se habla. Cada poco mandamos una grabación de voz sobre temas de mutilación genital femenina, tipos de cortes, problemas de infecciones… Cuando cualquier niña europea va allí, llamamos para que la controlen un poco. Estamos presionando a los políticos, que se tienen que implicar. No será fácil, pero se está cambiando.

En España ya existen protocolos de actuación ante la mutilación genital femenina, ¿funcionan bien?

Los protocolos solucionan una parte, están bien por un lado, pero por otro no. Un protocolo no puede ir sin presupuesto. Un protocolo no puede ir sin sensibilización. Y eso es lo que tenemos. La comunidad afectada por la ablación no sabe cómo funciona este protocolo ni ha intervenido en él, y eso significa que falta una parte importante, la de concienciar y trabajar con nuestra comunidad. Hay muchos profesionales trabajando, como trabajadores sociales o técnicos de inmigración, pero realmente la comunidad no participa. ¿Por qué? Es un tema nuestrosuperarlo debe ser nuestra propia decisión. En nuestra comunidad hay mucha gente que está dispuesta a trabajar, pero si no hay presupuesto para hacer talleres, para comprar el material, no lo puede hacer. No solamente en tema de mutilación genital femenina, también respecto al matrimonio forzado o temas de inmigración.

No todo puede conseguirse con el miedo y el castigo, con el “te voy a meter en la cárcel si haces esto”.

Claro. Por eso también hay que valorar a los buenos profesionales que están dentro de la comunidad. Es invisible, no se ve, pero hay gente, día a día, que está en la comunidad. Muchos vienen con su proyecto que la comunidad tiene que aceptar y solo les importa colgarse la medalla y llevarse la financiación, pero no somos una maleta que cuando me necesitas me coges y cuando no, me dejas dónde te da la gana. En cambio a los profesionales que están dentro de la comunidad hay que valorarlos y hay que acompañarlos. Si quieres trabajar un tema primero tienes que conocerlo y tienes que tener la confianza de esa gente. A veces cuesta mucho, no es una comunidad que pueda confiar en todo el mundo, pero la persona que está luchando junto nosotros ganará nuestra confianza. Además, la formación tiene que ser a manos de la misma mujer que ha vivido la mutilación, que podrá explicar su experiencia y su conocimiento con su lengua materna, que todo el mundo podrá entender. Si se hace así, las mujeres mutiladas te escuchan, pero si no es muy complicado.

¿Qué más sería necesario para combatir esta práctica?

Una parte fundamental es el tema de la salud. Estaría muy que todos los ginecólogos y pediatras conocieran este tema, pero no hay profesionales especializados sobre la mutilación genital femenina. Es muy importante, mejor que gastar dinero en muchas organizaciones grandes que no están haciendo nada sobre el tema salvo protagonizarlo; tendrían que protagonizarlo los médicos, los pediatras, los ginecólogos. Tampoco hay atención directa psicológica y hay muchas mujeres que necesitan esa ayuda. En el tema de Familia también. A veces llegan con una niña mutilada y se la quitan. El último caso ha sido en Tortosa y la madre estaba muy traumatizada. La Policía coge a jóvenes de la comunidad para que expliquen este tema a las madres, pero son adolescentes que han nacido aquí sin experiencia. Cataluña está llena de mediadoras especializadas, que tienen los conocimientos y pueden traducir, pero no se las llama.

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¿Habéis hablado con la Generalitat o los ayuntamientos trabajar juntos, para tener su apoyo directo?

A mucha de esta gente no le importa. Perdona que te lo diga así de brutalmente, pero confían en gente blanca como ellos. Hace poco tuve una reunión con la Secretaría de Inmigración en Girona y les dije que sin contar con la comunidad tardarían mucho más en ver cambios. Valoran poco lo que estamos haciendo las personas de la propia comunidad. Valoran más al que escriben mil folletos y se cuelga la medalla. Da igual, muchas de nosotras seguiremos luchando. Es nuestra salud. Nos estamos salvando a nosotras mismas. En el caso de Legki la organización que ha visto y valora el trabajo que estamos haciendo es Oxfam Intermón. Teníamos el conocimiento, pero necesitábamos soporte económico y técnico y que nos dijeran “vosotras podéis”. Sin Oxfam este proyecto no podría salir adelante. Y en Banyoles hemos tenido mucha suerte, la Administración ha entendido que hay que empoderar a la comunidad y se han conseguido muchos avances en integración y hay que valorarlo.

¿La asociación la montó con más gente?

Sí, en aquel tiempo había 89 mujeres subsaharianas que vivíamos en el mismo pueblo. Cuando dijimos de hacer una asociación para empoderar a las mujeres, muchas lo entendían como pedir el local y hacer fiestas, pero yo desde el principio tenía mi objetivo. Somos una entidad muy pequeña y trabajamos solo en Cataluña, pero en España la principal entidad que trabaja directamente con la comunidad es la nuestra. Muchos pueblos tendrían que tener una asociación así, que ayude a la comunidad y la empodere.

En la asociación también está esa parte de mostrar la cultura africana desde un punto de vista positivo, porque hay mucho más que ablación o matrimonio infantil.

Nos preocupaba que nuestros chicos nacieran aquí y perdieran su origen. También recordarlo nosotras, que vivimos aquí desde hace muchos años. Y enseñar a la gente europea cómo somos, de qué cultura venimos, de qué lengua, de qué etnia. Desde la asociación podemos mostrarlo s a través de nuestra vestimenta, nuestra música. Hemos trabajado mucho para conseguir el lugar en el que estamos. No solamente trabajamos con nuestra comunidad, también vamos a cualquier lugar de Banyoles cuando hay algo que celebrar, porque formamos parte de esta cultura europea en la que estamos viviendo.

¿Qué querrías que le quedara claro a la sociedad española sobre vuestra comunidad?

Que todos estamos luchando por lo mismo, que también podemos hacer cosas bonitas por la sociedad y estamos aquí para apoyarnos. Que somos iguales, aunque seamos personas que no sabemos leer o escribir. Yo nunca fui a una escuela, pero estoy muy contenta con la educación que me dieron mi padre y mi madre, que era una mujer muy luchadora por los derechos humanos, lo derechos de las mujeres. Las mujeres africanas somos muy guerreras, muy feministas, pero dentro de las casas. Hay mucho desconocimiento sobre cómo somos, cree que somos débiles porque solo hay “hola” y “adiós”.

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